lunes, 16 de julio de 2018

Lecturas de lo rural en arquitectura, por Miguel del Rey

Lecturas de lo rural en arquitectura.
Texto entresacado del libro "Alqueries, paisatge i arquitectura en l'Horta" Miguel del Rey y otros. Valencia 2002. C.V.C.
                                    





  Tipos básicos de casas rurales valencianas


Las lecturas de lo rural en arquitectura pueden ser varias, pero quizás la más atractiva es aquella que insiste en que el interés por los modelos arquitectónicos de nuestro patrimonio no está tanto en ellos mismos, considerados como un canon a seguir, sino en el valor como depositarios de la cultura. En ese sentido hay que estar atentos a los existentes, a su conocimientos y valoración para proceder, si fuera oportuno, a su restauración o consolidación, pero distanciarse en su repetición en lo contemporáneo. 

 En los aspectos conceptuales interesan aquellas condiciones de lo rural que lo han distinguido a lo largo del tiempo en arquitectura y de las que no nos cansaremos de repetir: lo obvio, lo estrictamente constructivo, la economía de medios. Condiciones alejadas de la idea de estilo por ejemplo, pero que en cambio, participan de cualquier otra consideración propia a la arquitectura, por ello, podemos convenir que en la historia se ha considerado a lo rural una fuente limpia de donde beber en arquitectura, o cantera donde volver la mirada en los momentos de crisis.
                                                             La masia. Juan Gris
Estudiar lo rural y obtener de su análisis determinados conocimientos, son cuestiones básicas de la cultura en cualquier sociedad, lo cual aumenta el acervo cultural de un pueblo y acrecienta los datos y conocimientos sobre arqueología e historia, pero en arquitectura esas lecturas son fecundas sobre todo si evitamos repetir los modelos y nos centrarnos en otros aspectos, bien conceptuales o incluso formales. En nuestra disciplina la vinculación con lo rural toma interés cuando la despojamos de lenguajes al uso, evitamos los modelos, nos centramos en aspectos de necesidad y abandonamos incluso de ciertos significados. La vocación de lo rural, su austeridad en la  elección de materiales y en la construcción de formas y espacios, así como la materia, las texturas y los cromatismos que allí encontramos se han de ver con una actitud abierta a nuevas experiencias.
                                             


Composición de tierras y letras. J. Ginestar


Esta línea de pensamiento la podemos observar en los trabajos de arquitectos de la modernidad que cuando trabajan para ellos, o para sus seres queridos,  usan lo rural como base de inspiración: Le Corbusier, J Utzon, por no hablar de los mejores arquitectos españoles del siglo XX.   
                                                         Casa Jaoul. Le Corbusier.





jueves, 5 de julio de 2018

El eclecticismo de Francisco Mora en Altea, por Miguel del Rey


Palacio de los Marqueses de Campo-Fértil, Altea 1924-1925
A partir de la referencia al edificio publicada en el libro “Paseando por las alteas” Miguel del Rey, Valencia 2016, pag 240-242



                                        Vista del palacete. Archivo J. Zaragoza.


En el número de enero de 1926, el semanario ilustrado “Blanco y Negro”, publicaba un articulo titulado: “Residencias campestres: la de los marqueses de Campo-Fértil en Altea” en el que daba noticia de la fiesta de inauguración del palacete que el arquitecto valenciano Francisco Mora construyó para los marqueses, una residencia situada sobre la ladera de la colina del Monte Molar, con campos agrarios a su alrededor y unos bosquetes de pinos que subían hasta la cima de la colina y desde allí una pérgola modernista divisaba una de las bahías más bonitas del Mediterráneo español: la Bahía de Altea

                                                  Planta baja del edificio. MdR

Francisco Mora (*Sagunto, 1875 +1961) se formó en la escuela de Barcelona (1898) dentro del ambiente modernista de Doménech i Montaner y la experimentación de Antonio Gaudí. Se incorpora en 1901 al equipo de arquitectos municipales del Ayuntamiento de Valencia y combina su intensa obra pública con su despacho privado durante décadas, donde practica una excelente arquitectura dentro de un modernismo de calidad y un eclecticismo propio de la época, muy variado en el repertorio estilístico y placentero para la alta sociedad e instituciones valencianas.


                                               Vista del Patio. MdR  
Levanta este palacete alteano  entre los años 1924 -25 en un lugar estratégico que domina la vista de la desembocadura del Algar y el pueblo de Altea, además de disponer de un mirador excepcional sobre la bahía de la Olla. El conjunto es de gran valor paisajístico. La casa denominada popularmente “del marqués” fue construida por don José Beneyto Rostoll, abogado y diplomático alteano, casado con la marquesa de Campo-Fértil. El edificio es una de las piezas más interesantes de la arquitectura residencial suburbana alteana, estilísticamente adscrito al casticismo imperante en esta época tras el abandono del modernismo.

                                               Vestíbulo de entrada. MdR

Mora nos ofrece un edificio bien construido, hoy bien conservado -con algunos elementos añadidos en el tiempo y quizás poco afortunados- que se articula en torno a un patio claustral circundado por un pórtico de tres vanos por lado, resuelto con finas columnas sobre las que descansan arcos de medio punto; un patio cuyas paredes están recorridas por un elegantísimo zócalo de azulejería al gusto neomudéjar. El cuerpo principal está armado por torres laterales, presentado la imagen robusta que posiblemente deseaba el cliente. Este cuerpo de fachada alberga las estancias principales y representativas de la casa: un gran vestíbulo en planta baja que articula las salas laterales bajo las torres y se vincula con el patio, mientras que en planta alta una gran sala articula las alcobas laterales. La asimetría forzada, con el acabado diverso de ambas torres, con sus potentes vidriados de tejas de cubiertas, de un fuerte verde turolense (quizás de La Ceramo) , insisten en el regusto mudéjar que se potencia con el medievalismo en el tratamiento de materiales y acabados: mampostería concertada, sillería en esquinas, o con el atrevido uso de unos pequeños merlones coronando la fachada principal, la gran chimenea en las salas, etc.



                                                    Pérgola sobre la bahía. MdR

Sobre la cima de una de las colinas en torno a la casa se levanta un mirador de la bahía resuelto con una elegante pérgola modernista construida en hormigón teñido de almagra; arquitectura existente necesitada de una restauración estructural.

Don José Beneyto Rostoll,  Altea 1882, fue abogado y diplomático  destinado en varias cancillerías europeas y americanas  en el primer tercio del siglo XX, casado con Doña Pilar Guillamás, hija de los Condes de Sotomayor y marquesa de Campofértil. Estuvo ligado a la política en el partido conservador y fue diputado por Pego en 1923. La Guerra Civil segó de manera dramática su vida, siendo secuestrado precisamente en su finca de Altea y más tarde asesinado.



miércoles, 9 de mayo de 2018

¿Por qué me parece el Metropol un Sitio Histórico que debe perdurar? Por Miguel del Rey




Quizás esta discusión tiene su interés más allá del propio Metropol. El interés puede estar en precisar el valor de lo que una sociedad como la nuestra entiende por obra de valor artístico capaz de convertirse en monumento histórico.

El otro día en un diario valenciano decía sobre esta cuestión: “Es evidente que la intervención de Javier Goerlich en el Metropol en los años ’30 no es una intervención ortodoxa sobre un edificio academicista, pero considero que su manera de intervenir y el propio trabajo están imbuidos de algo atractivo, pues nos muestra una de las primeras intervenciones edilicias valientes, sin complejos, de una modernidad próxima a la iconografía republicana del momento, que poco tiempo más tarde veremos en Renau, mostrando el valor plástico de una imposición que participa tanto de la arquitectura como de la caligrafía”.

O sea, la obra de Javier Goerlich en el cine Metropol, desde mi punto de vista, marca por la manera de intervenir y por el lenguaje que utiliza, un ítem en el proceso evolutivo sobre lo construido en la ciudad. Y precisamente esta condición de ser un punto de inflexión nos acerca a la reflexión que en época muy temprana nos presenta un teórico de la forma como Aloïs Riegl, cuando en 1903 (publicado en España en 1997 en primera ed.) elabora un informe sobre conceptos próximos a la teoría del gusto, para aclarar en estas sociedades que ya podríamos decir modernas qué es lo que se entiende por monumento histórico; lo hace en la Comisión Central Imperial de Monumentos Históricos y Artísticos austriaca, siendo él responsable del Museo de Artes Decorativas y Catedrático de la Universidad de Viena.

                  En su informe hay dos cuestiones que vienen al caso, cuando afirma que el valor de una obra artística se debe entender dentro de una condición evolutiva. Nos acerca a la idea que posiblemente cada obra o acción artística pasada podría condicionar el futuro, pero añade que siendo evidente la imposibilidad de conservarlo todo: “Nuestra mirada debe dirigirse a aquellos testimonios que parecen representar etapas destacadas en el curso evolutivo de determinada rama de la actividad humana”. Estas acciones precisamente serán pues las que accederán a pasar del mero valor artístico, al valor de monumento histórico.

 Aplicando esta línea de pensamiento a nuestro tema candente, tendríamos dos alternativas para valorar la condición del Metropol como monumento histórico:

-                En primer lugar su valor como lugar y espacio dedicado al cinematógrafo y junto a ello, su intervención sobre una arquitectura academicísta desde un punto de vista de yuxtaposición, podríamos decir realizada con cierto descaro. En ello se unen ciertos valores artísticos, plásticos y visuales, que lo hacen único y pueden representan un momento evolutivo en el arte.

-                En segundo lugar, atendiendo a la idea fragmentaria de una ciudad en lo contemporáneo, producto evolucionado del gusto a partir del romanticismo, su valor estaría más cerca de alguno de los formatos que aporta la Ley de Patrimonio Valenciana -por la cual nos regimos- y que nos facilita la condición de “Sitio Histórico”: Lugar vinculado a acontecimientos del pasado, tradiciones populares o creaciones culturales de valor histórico, etnológico o antropológico. No podemos olvidar en el caso del Metropol sus orígenes y los sucesos que en él ocurrieron en un momento crucial de la Segunda República, razón suficiente para atender a esta condición.

Creo que el Metropol se merece permanecer entre nosotros con más o menos intensidad, quizás como una pieza inserta sobre otra, quizás como fragmento. Eso ya será labor del buen criterio político que sepa atender la llamada de la ciudadanía, o de la habilidad de la propiedad que entienda el valor, no solo el precio, de las cosas, y de un buen arquitecto que sepa compaginar presente y pasado.

Nota: Texto sobre el cual basé mi intervención en la Facultat d`Història i Geografia de la Universitat de València, con motivo de la Tertulia convocada por el Decana  D. Josep Montesinos en torno al tema del Metropol y a la cual fui invitado. 






viernes, 27 de abril de 2018

¿Quedamos en el Metropol? Por Miguel del Rey


¿Quedamos en el Metropol?
Por Miguel del Rey*
Arquitecto y Catedrático de Universidad

Publicado en Las Provincias 26/04/2018



Mi amigo y compañero Julián Esteban construye en las páginas de este diario un discurso interesante y culto en torno a la problemática del Metropol. Es una delicia viajar con él a unos de esos rincones tan atractivos de la obra de Javier Goerlich como es el caso de la intervención en el Puente del Mar: uno de los espacios del eclecticismo como modernidad, uno de los restos más importantes del paisaje urbano de la Segunda República. Son los suyos comentarios interesantes impregnados de valoraciones académicas.

Es evidente que la intervención de Javier Goerlich en el Metropol en los años ’30 no es una intervención ortodoxa sobre un edificio academicista, incluso es posible que no saliera de las mismas manos del arquitecto la preciosa caligrafía del rótulo, como se atreve a decir mi amigo. Es conocido que el estudio del arquitecto era un hervidero donde, por razones que no vienen al caso y propias de aquellos tiempos convulsos, otros arquitectos de reconocido prestigio colaboraban. Pero la obra está firmada por J. Goerlich y él es el máximo responsable. Suya es la obra. Y lo vengo a decir porque desde la manera de intervenir, hasta el propio trabajo, están imbuidos de algo que en el artículo se califica un poco despectivamente como “obra menor”, cuestión con la que no comulgo al expresar el término de manera categórica.

Desde mi punto de vista, su intervención en la escena pública, que es precisamente la cuestión a debatir en este caso, nos muestra una de las primeras intervenciones edilicias valientes, sin complejos, de una modernidad rabiosa próxima a la que poco tiempo más tarde vemos en los carteles de Renau, en la iconografía republicana del momento, mostrando el valor plástico de una imposición que participa tanto de la arquitectura como de la caligrafía, valores en los que años más insistirá una cierta estética “pop”.

Pero si bien la Academia, la Escuela o el Colegio son instituciones relevantes, no hay que olvidar que están insertas en una realidad más compleja: la sociedad valenciana y en concreto la ciudad de Valencia. Ser ilustrado es necesario para conocer y valorar, pero no se puede solamente con ello construir la ciudad; una ciudad cuyo concepto ha cambiado desde la Ilustración y en la cual no es necesaria la coherencia absoluta entre la disciplina académica y el imaginario público para conservar un bien. Sí para analizarlo, para construir un discurso, pero no para con ello marcar el valor que puede tener, o le puede asignar, una sociedad.

El culto a la ruina es precisamente una de las bases de nuestra cultura a partir del romanticismo; nuestras ciudades se han ceñido a este dogma de manera palpable. La sociedad vive en los fragmentos, visita las ruinas, hace suyos los restos esparcidos en la ciudad de manera consciente, se reconoce en ellos como pueblo y valora su pasado. Las imágenes de los libros son otra cosa, y en caso necesario en ellas puede vivir la memoria una vida que no es vida, que es solo imagen de la vida; no es el caso, la ciudad aún posee el objeto.


Creo que el Metropol se merece permanecer entre nosotros con más o menos intensidad, quizás como fragmento, quizás como una pieza inserta sobre otra. Eso ya será labor de un buen arquitecto que sepa compaginar presente y pasado: ese bonito y difícil ejercicio de arquitectura donde en lo contemporáneo permanecen fragmentos de la memoria. Como fue en su momento la intervención de Javier Goerlich.