miércoles, 8 de junio de 2016

Clasicismo y Romanticismo en Hermann Hesse

Andaba yo muy preocupado con mis conceptos de clasicismo y romanticismo,y allá por el año 2001, cayó en mis manos un texto de sabio Hermann Hesse. En él desbrozaba las concepciones del mundo de clásicos y románticos y las consideraba inseparables. Sigo interesado en el tema, pero mucho más tranquilo.
Miguel del Rey
........
   " Imaginemos que unos sacerdotes o sabios budistas mantienen
una conferencia espiritual. Se sientan juntos y expresan, bajo
diversas imágenes, que lo que se llama realidad es una ficción, que
toda percepción es sólo apariencia, toda forma una quimera, todos
los objetos sólo una representación humana miope; disuelven
totalmente el mundo que los rodea y fijan en sí el pensamiento de
la unidad trascendente, de la vida eterna de Dios. Cuando se dan
por satisfechos en este punto, puede uno de ellos, tras alguna
sonrisa y algún silencio, citar el dicho: “El prado es verde, la rosa
es encarnada, el cuervo hace cra, cra”.

            Esta frase elemental significa, como saben perfectamente los
interlocutores, lo siguiente: “Muy bien, el mundo fenoménico es ficción,
en realidad no hay prado, ni rosa, ni cuervo, sino la eterna unidad de
Dios... Más para nosotros, que somos transitorios y vivimos en lo transitorio,
lo transitorio es también realidad: la rosa es encarnada, el cuervo grazna.”

            El punto de vista para el cual la rosa es rosa, el hombre es
hombre y el cuervo es cuervo, para el que los contornos y las formas
de la realidad son datos firmes e irrefutables, ese punto de vista
es el clasicismo. Éste reconoce las formas y las propiedades de las
cosas, reconoce la experiencia y busca y crea el orden, la forma, la ley.

            El otro punto de vista, en cambio, que en la realidad sólo ve
apariencia, lo perecedero, para el que la diferencia entre la planta y
el animal, entre hombre y mujer es altamente problemática, y que
está pronto a disolver en cualquier momento todas las formas
y a intercambiarlas entre sí, corresponde a la perspectiva romántica.

            Ahora bien, como visión del mundo, como filosofía, como
fundamento para la actitud del alma, cada una de estas
dos concepciones es tan buena como la otra y es irrefutable. La
postura clásica pondrá el énfasis en los límites y en las leyes, aceptará
la tradición y contribuirá a crearla, y se esforzará por agotar y
perpetuar el instante presente. La postura romántica tenderá a
borrar las leyes y las formas y a dar prioridad a la fuente originaria de
la vida, a sustituir la crítica por la veneración, el intelecto por la
contemplación, apuntará a lo atemporal y sentirá la nostalgia del
retorno a la divina unidad, al igual que el hombre clásico es
impulsado por la voluntad de hacer durar lo perecedero.

            Vamos a tratar de contrastar imparcialmente ambas actitudes.
El clásico intentará llevar su quehacer a la máxima perfección,
intervendrá en el mundo para ordenarlo, dejará de lado aquella
vertiente divina como inescrutable, renunciará a lo imposible y se
aplicará con todas sus fuerzas a lo que es posible. El romántico, por
el contrario, será amigo del ensueño y la contemplación, se
preocupará poco de la realidad cotidiana, para engrandecerse en la
entrega a lo infinito y buscar así la felicidad.



            De ambas actitudes tiene necesidad el mundo, cada una de ellas
vendrá a corregir y complementar en mil aspectos y detalles a la otra.
El clasicismo propende a la momificación y a la pedantería, donde
pierde vitalidad; el romanticismo, por el contrario, cuando se deja
llevar del divino entusiasmo, incurre en negligencia y en irresponsabilidad.

            Pero cuando no nos limitamos a confrontar clasicismo y
romanticismo como concepciones generales, cuando se trata, por
ejemplo, del campo del arte y la poesía, se constata que el romántico
se encuentra en evidente desventaja frente al clásico. Y es que para
crear obras de arte se requiere el reconocimiento de los límites y las
formas, se requiere la voluntad de conferir a lo instantáneo una
duración. La renuncia a esta voluntad, la recusación de los límites y
las formas, imposibilita prácticamente al romántico para ser un
artista creador. El romántico es capaz de gozar el arte hasta la
genialidad, es capaz de concebir la vida de modo artístico, es capaz
de alimentar sus sueños con el arte... pero el ocuparse de lo finito a
expensas de lo infinito, el dedicarse a la acción postergando los
sueños, el crear la obra, eso está en contradicción con su propio credo.

            Así, no cabe duda de que un gran número de obras de nuestros
creadores románticos o quedaron incompletas o tras unos inicios
espléndidos se perdieron en el vacío. La poesía romántica no puede
ni quiere aspirar a la perennidad, no quiere limites fijos ni alcanzar
el ápice de la perfección dentro de ellos, quiere lo contrario, quiere
ser juego y sueño, no obra y acción. Y así el arte romántico tiene
firmada desde un principio la sentencia de muerte.

            Ahora es llegado el momento, para nosotros los lectores y críticos
del romanticismo, de rememorar a aquellos pensadores orientales.
Debemos tener presente que el romanticismo y el clasicismo son
siempre polos contrapuestos, pero que en la práctica jamás topamos
con una realización pura de uno u otro principio, sino que,
programas y cosmovisiones aparte, ambos principios se tocan, se
cortan y se entremezclan de mil maneras. Al clásico más consciente
le ocurre muchas veces que en una de sus obras se deja seducir por
la nostalgia romántico-infinita y es infiel a su ideal de perfección, y
al romántico más soñador le ocurre de vez en cuando dedicarse a
una obra concreta con un amor y una voluntad formalizadora que
no le corresponde en rigor. Y así es un hecho que poseemos
creaciones románticas de una máxima estructura formal, como lo es
también que romanticismo y clasicismo parecen confluir a veces,
casi unificados, en una misma persona, como es el caso, sobre todo,
de Hölderlin, y que un poeta clásico como Goethe se expresa no
raras veces en forma claramente romántica..........

 Acuarelas de H. Hesse


Entresacado del escrito “El espíritu del romanticismo” Hermann Hesse, 1926, publicado en el libro “Pequeñas alegrías” . Editorial Sudamericana.   . bģ

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